Durante el siglo XIX, en pleno apogeo de la explotación de la sal en la isla de Ré, las salinas representaban el 18% de la superficie. Tras un período de declive, esta actividad revivió gracias a una cooperativa de 40 salineros que perpetúan actualmente la tradición: se trata de un oficio que forma parte de la identidad del paisaje y que contribuye a mantener determinada cultura local. Con esta misma intención, el departamento volvió a iniciar la explotación de una salina en la isla de Oléron.
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Usando la «lousse», similar a un rastrillo sin púas, el salinero extrae la flor de la sal, esa fina capa de sal cristalizada. Pero sólo el «simoussi» le permitirá levantar la sal gruesa que se ha depositado en el fondo del área donde se produce sal. La herramienta adecuada para sacar la sal del agua, en montoncitos, y para dejarla secar, es el «souvron» o espumadera. Pasear a pie o en bicicleta a lo largo de estas salinas de magníficos colores, asistir al quehacer experimentado de estos salineros, observar allí la fauna y la flora, son otros tantos momentos inolvidables e intemporales.
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